
Había que atravesar una colina antes de que Neverland se dejara ver.
Durante un largo tramo, el camino avanzaba por un paisaje rural semejante al que rodeaba la propiedad: matorrales, vegetación baja, praderas secas, grandes extensiones de campo y las formas onduladas del Santa Ynez Valley. Nada anunciaba todavía los trenes, las fuentes, los jardines, el cine, el zoológico o el parque de atracciones. El visitante podía creer que se dirigía simplemente hacia otro gran rancho de California.
Pero el camino continuaba, alcanzaba una elevación y comenzaba a descender. Entonces el paisaje cambiaba.
Aparecían las cercas blancas, el césped intensamente verde, los grandes robles, las fuentes elevándose sobre los lagos y los primeros signos de un mundo cuidadosamente oculto detrás de la geografía del valle. Brad Sundberg comparó aquella transformación con el momento de El mago de Oz en que la imagen abandona el blanco y negro y se llena repentinamente de color.
No era necesario imaginar un portal mágico. La propia colina cumplía esa función.
Neverland no se mostraba desde el camino público ni se revelaba por completo al atravesar el primer portón. Había sido organizada para aparecer gradualmente. Primero se veía el rancho exterior. Después, casi de manera repentina, comenzaba el País de Nunca Jamás.
Para comprender verdaderamente Neverland Valley Ranch no alcanza con estudiar sus edificios, sus trenes, el cine, el zoológico o el parque de atracciones. Todo aquello existía dentro de un paisaje que lo envolvía, lo comunicaba y, en buena medida, le daba sentido.
Los jardines no eran simplemente el fondo verde sobre el cual se levantaban las construcciones. Los lagos no eran únicamente grandes superficies ornamentales de agua. Los árboles, las praderas, los senderos, las cascadas, los puentes, las flores, las fuentes y los caminos componían una sucesión cuidadosamente organizada de escenas.
La estación aparecía detrás del reloj floral. Los trenes avanzaban entre robles, jardines y lagos. La casa principal se elevaba entre dos masas de agua. El cine se encontraba al final de un recorrido que atravesaba el valle. Las atracciones surgían entre los árboles, mientras los senderos conducían hacia rincones que no podían contemplarse todos al mismo tiempo.
El paisaje era el tejido que mantenía unido a Neverland. Neverland no era fantástico en el sentido de ser irreal. Era un lugar verdadero, construido con tierra, agua, piedra, madera, árboles, flores, maquinaria y trabajo humano. Pero todo había sido organizado para provocar una sensación que parecía pertenecer al territorio de los cuentos.
El paisaje anterior a Neverland
Mucho antes de que la propiedad recibiera el nombre de Neverland, el territorio ya poseía una identidad natural poderosa.
El antiguo Zaca Laderas Ranch ocupaba una extensa superficie del Santa Ynez Valley. Sus tierras descendían desde Lookout Mountain y Zaca Ridge hacia el corredor del Alamo Pintado Creek, con las montañas de San Rafael y Santa Ynez formando el fondo natural del paisaje.
Las colinas estaban cubiertas por matorrales, praderas, sicomoros y grandes robles vivos —los denominados live oaks—, mientras la relativa proximidad con la costa permitía la llegada de brisas frescas y ayudaba a conservar cierta humedad en algunos sectores del suelo.
Era un paisaje rural de lomas, árboles maduros y amplios horizontes, rodeado por montañas y campos. Aquella geografía sería determinante para todo lo que se construiría después.
Los árboles no fueron plantados alrededor de la residencia como simples adornos posteriores. En muchos casos, la arquitectura, los lagos y los caminos debieron adaptarse a ejemplares que ya llevaban décadas —y probablemente mucho más tiempo— formando parte del valle.
Los grandes robles terminarían convirtiéndose en uno de los signos más reconocibles de Neverland. Aparecían junto a la casa, acompañaban los caminos, daban sombra a los sectores de descanso y se reflejaban en las superficies de agua. Sus copas irregulares contrastaban con la geometría más controlada de los jardines formales.
El futuro País de Nunca Jamás comenzó, por lo tanto, con algo que no había sido creado por Michael Jackson ni por William Bone: la presencia antigua del valle y de sus árboles.
El anuncio internacional de venta de Sycamore Valley Ranch, publicado por el Financial Times el 18 de julio de 1986, describía una propiedad de aproximadamente 2.700 acres y afirmaba que dentro de sus límites crecían más de 50.000 robles.
La cifra formaba parte de una presentación comercial, pero permite comprender la escala del territorio. El núcleo desarrollado de jardines, lagos y residencias ocupaba solamente una parte relativamente pequeña del conjunto. Más allá continuaba existiendo un enorme rancho de pastizales, colinas, bosques abiertos, caminos y terrenos rurales.
Neverland fue, en esencia, un paisaje intensamente diseñado dentro de una matriz natural y agropecuaria muchísimo mayor.
William Bone y el nacimiento de Sycamore Valley Ranch
En 1977, el empresario inmobiliario William Bone adquirió la propiedad y la rebautizó como Sycamore Valley Ranch.
Su intención era desarrollar una gran residencia campestre que reuniera todo lo aprendido durante años de actividad inmobiliaria y construcción residencial. Sin embargo, Bone no comenzó el proyecto ordenando de inmediato el levantamiento de la casa principal.
Se instaló temporalmente con su familia en la antigua vivienda rural que ya existía en el terreno. Durante ese período pudo observar el comportamiento de la luz, la dirección de las vistas, la presencia de los árboles, el relieve, las montañas y las condiciones del paisaje antes de decidir dónde y cómo debía construirse la residencia definitiva.
Ese proceso resulta fundamental para entender Sycamore Valley Ranch.
El proyecto no consistió únicamente en diseñar una casa y agregar después un jardín a su alrededor. La arquitectura y el paisaje fueron concebidos desde el comienzo como una misma obra.
Bone encargó el diseño arquitectónico a Robert Altevers y la planificación paisajística a Thomas A. Stone. La casa, los lagos, los puentes, los jardines, las terrazas y las vistas debían funcionar como una composición unitaria.
El desarrollo se prolongó durante varios años y quedó sustancialmente completado hacia 1982. Para entonces, Sycamore Valley Ranch ya poseía una residencia de gran escala, edificios auxiliares, jardines florales, caminos de piedra, dos lagos, una cascada y un puente que organizaba el acceso principal.
La idea de construir un mundo propio dentro del valle precedió, por consiguiente, a Michael Jackson. Lo que cambió con su llegada fue el significado de aquel mundo.
Para Bone, Sycamore Valley Ranch era una residencia idealizada, influida por la arquitectura europea y situada dentro del paisaje californiano. Para Michael, esa misma combinación de agua, jardines, árboles y construcciones se convertiría en la base física de Neverland.
Thomas A. Stone y el plan paisajístico de 32 acres
El nombre más importante del proyecto paisajístico original es el de Thomas A. Stone. Fue el arquitecto paisajista responsable del jardín florido desarrollado para William Bone. La documentación inmobiliaria posterior fue aún más lejos y le atribuyó el plan conceptual original de aproximadamente 32 acres, así como la concepción de los elementos de paisaje y hardscape de los jardines.
La expresión hardscape comprende los elementos permanentes y no vegetales que estructuran un paisaje:
- caminos;
- muros;
- escalinatas;
- terrazas;
- bordes;
- puentes;
- pabellones;
- superficies pavimentadas;
- obras asociadas al agua.
En consecuencia, la participación de Stone fue considerablemente mayor que la de un profesional contratado únicamente para elegir flores o embellecer los alrededores de una residencia ya construida.
Su intervención comprendía la organización territorial del conjunto: los lagos, los caminos, los puentes, las terrazas, las superficies exteriores, las plantaciones y la relación entre los jardines y la arquitectura.
Primero fue aprobado el esquema general concebido por Stone. Solo después, Robert Altevers ubicó la casa principal de manera que pudiera aprovechar dos vistas diferentes:
- hacia el norte, las montañas y las praderas;
- hacia el sur, los jardines formales y el agua.
Esto significa que la residencia no fue construida primero para recibir posteriormente una decoración vegetal. Su posición dentro del valle dependió de una composición paisajística estudiada de antemano.
La casa, los lagos, el puente, las praderas y los jardines fueron concebidos como partes de una misma obra.
Los jardines florales ingleses informales
El anuncio publicado por el Financial Times en 1986 describía los jardines de Sycamore Valley Ranch como “jardines florales ingleses informales”.
La definición coincide con las fotografías históricas de la etapa de William Bone. Aunque la residencia poseía una fuerte inspiración europea, el jardín inmediato no respondía al rigor geométrico de los grandes parterres franceses.
El diseño combinaba:
- caminos centrales de piedra;
- canteros de bordes curvos;
- masas abundantes de flores;
- césped;
- setos bajos;
- escalinatas;
- plantas trepadoras;
- árboles maduros incorporados dentro de la composición.
Los grandes robles rompían cualquier simetría excesiva. La casa no parecía levantada sobre un terreno despejado, sino instalada dentro de un paisaje antiguo que había sido cuidadosamente ordenado sin perder por completo su apariencia natural.
La estructura general del jardín podía conservarse durante décadas. Los caminos, muros, escalinatas y límites de los canteros constituían su arquitectura permanente.
Las flores, en cambio, eran sustituidas constantemente.
Por esa razón, las especies y colores visibles en fotografías posteriores no deben considerarse idénticos a los utilizados por Bone ni a los que existieron durante todos los años de Michael.
La estructura permanecía. La piel floral del jardín cambiaba con las estaciones.
La piedra como elemento unificador
El paisaje de Sycamore Valley Ranch no estaba construido únicamente con vegetación y agua.
El camino principal conducía hacia una explanada circular pavimentada con piedra de la región. Ese lenguaje material se repetía en caminos, muros bajos, pabellones, escalinatas y superficies exteriores.
Los senderos y pequeños muros de piedra serpentina conectaban las áreas de entretenimiento, los jardines y la pradera situada al norte de la residencia. En otras estructuras se empleó piedra de Bouquet Canyon, tanto en pisos como en paredes y chimeneas exteriores.
La repetición de esos materiales daba continuidad a edificios y espacios de funciones muy diferentes. La casa principal, los pabellones exteriores, las construcciones próximas a la piscina, los caminos y los muros parecían pertenecer a una misma familia arquitectónica. La piedra aportaba permanencia.
Las flores podían reemplazarse. Los árboles crecían y modificaban sus copas. Los jardines variaban con cada estación. Los puentes, senderos, muros y escalinatas proporcionaban la estructura estable sobre la cual el paisaje podía transformarse.
Los muros acompañaban los cambios de nivel, contenían la tierra y delimitaban algunos sectores, pero conservaban una altura que permitía continuar viendo el agua, los árboles y las plantaciones.
No buscaban encerrar el jardín, sino organizarlo sin interrumpir su continuidad visual.
Los dos lagos y la casa entre el agua
El centro de la composición paisajística era un lago de aproximadamente cuatro acres, acompañado por una cascada y un puente.
Sin embargo, la forma del lago no podía decidirse arbitrariamente.
Los grandes robles existentes planteaban una condición concreta: una acumulación excesiva de agua o un sistema de riego mal diseñado podía afectar sus raíces. El trazado fue condicionado por la ubicación de esos árboles para evitar que resultaran perjudicados por la saturación del suelo.
Esta decisión revela uno de los principios fundamentales del proyecto:
la naturaleza no debía eliminarse para imponer el diseño; el diseño debía aprender a convivir con ella.
Los lagos, las orillas y las zonas de riego fueron organizados alrededor de los robles. De esa manera, los árboles maduros conservaron su protagonismo y, con el tiempo, parecieron formar parte de una escena que siempre había existido.
El proyecto definitivo incorporó dos masas de agua, identificadas posteriormente como lago norte y lago principal o lago sur.
La residencia quedó situada entre ambas.
El lago de mayor tamaño se extendía hacia el sur, frente a la casa principal y próximo a la residencia de huéspedes. El lago menor ocupaba el sector norte. Entre ellos se levantaba la casa, vinculada al acceso por un puente de piedra.
Desde las ventanas de la residencia, los jardines no se presentaban como una superficie plana. Se sucedían distintos planos:
- flores;
- árboles;
- caminos;
- agua;
- praderas;
- montañas.
La arquitectura había sido orientada para que el paisaje ingresara visualmente en las habitaciones. Pero el jardín también estaba diseñado para atraer a quienes se encontraban dentro de la casa y conducirlos hacia el exterior.
La residencia no había sido colocada simplemente al lado de un jardín.
Había sido situada entre dos paisajes, como si el agua, los árboles y las montañas constituyeran las paredes exteriores de una arquitectura mucho mayor.
El agua como columna vertebral del paisaje
Los dos lagos no eran cuerpos de agua completamente independientes. Formaban parte de un sistema paisajístico conectado.
De acuerdo con la reconstrucción ofrecida por la documentación inmobiliaria, el lago norte alimentaba un curso de agua que descendía entre los jardines y las praderas. El arroyo pasaba bajo el puente de piedra y, al cambiar de nivel, se transformaba en una cascada antes de desembocar en el lago mayor.
La cascada no era una única caída recta observada desde un punto fijo.
El agua avanzaba entre rocas, desaparecía parcialmente bajo el puente y volvía a revelarse mediante pequeños desniveles, pozas y estanques intermedios.
El conjunto fue organizado para producir una apariencia naturalista. Las piedras, la vegetación, los cambios de altura y la forma irregular de las orillas ocultaban gran parte de la ingeniería necesaria para mantener la circulación.
En lugar de exhibir bombas, cañerías o bordes rígidos, el paisaje mostraba un curso de agua que parecía haber encontrado por sí mismo el camino entre ambos lagos.
Las fuentes históricas mencionaron una cascada de aproximadamente cinco pies, alrededor de un metro y medio. Esa cifra puede haber representado el desnivel total del conjunto y no una única caída vertical.
El agua descendía mediante una sucesión de pequeñas cascadas escalonadas, rocas y estanques.
El diseño no intentaba reproducir una naturaleza completamente salvaje. La planificación era evidente en los jardines formales, los senderos y las orillas controladas. Pero el agua, las piedras y los cambios de nivel introducían irregularidad, movimiento y sonido.
El puente principal y los cruces peatonales
El gran puente de piedra cumplía una función práctica y escenográfica.
Permitía el acceso vehicular a la casa y, al mismo tiempo, cruzaba el curso de agua que comunicaba los dos lagos.
Para llegar a la residencia, el visitante debía atravesar primero el paisaje. La casa no aparecía como una fachada aislada al final de un camino. Se revelaba después del agua, el puente, los árboles y los jardines.
Además del puente principal existían pasos peatonales menores, destinados a los senderos que recorrían las praderas y acompañaban el curso del arroyo.
Esos pequeños cruces permitían que el visitante caminara junto al agua, cambiara de orilla y contemplara el paisaje desde distintos ángulos.
Los puentes no eran solamente conexiones físicas. También marcaban transiciones dentro del jardín.
El lago principal
El lago situado al sur de la residencia funcionaba como uno de los grandes centros visuales de la propiedad.
Desde la casa, la mirada atravesaba los jardines y el césped antes de alcanzar el agua. Más allá aparecían nuevamente las colinas y los robles, creando una composición que integraba arquitectura, jardín, lago y paisaje natural.
Alrededor del agua existían:
- un sendero perimetral;
- una pequeña playa artificial;
- un pabellón o mirador;
- grandes rocas;
- espacios de descanso;
- puntos de acceso para embarcaciones;
- fuentes o surtidores verticales.
La pequeña playa de arena está documentada, pudo funcionar como sector de embarque, espacio recreativo y elemento escenográfico.
Los dos lagos poseían altos chorros de agua. Su función principal era ornamental. El movimiento podía contribuir también a la circulación y oxigenación superficial.
Las fuentes elevaban el agua sobre el paisaje y permitían que los lagos fueran vistos desde diferentes sectores de la residencia y los caminos.
El lago principal ofrecía experiencias diferentes según el lugar desde el cual se lo contemplara.
Desde las ventanas de la residencia formaba parte del jardín formal y prolongaba visualmente los espacios interiores hacia el exterior.
Desde los trenes aparecía como una escena dentro del recorrido, revelándose y ocultándose entre los robles.
Desde los senderos podía observarse a la altura del agua, acompañado por flores, piedras y el sonido de las fuentes.
Desde el aire se convertía en una de las grandes formas que organizaban territorialmente la propiedad.
Era siempre el mismo lago, pero nunca ofrecía exactamente la misma imagen.
Neverland había sido concebido para ser recorrido, observado y descubierto desde múltiples posiciones.
La piscina, el spa y la naturaleza idealizada
El mismo criterio naturalista aplicado a los lagos y las cascadas se extendía a los espacios recreativos privados.
La piscina poseía un contorno irregular y un fondo gris, con la intención de recordar un estanque o una pequeña laguna de montaña.
El spa fue colocado entre grandes rocas para producir la impresión de una poza formada dentro del curso de un arroyo.
No era una piscina rectangular ubicada sobre una extensión de césped. Su forma intentaba integrarse con los árboles, la piedra y el agua circundante.
El conjunto demuestra que el objetivo no era copiar literalmente la naturaleza, sino construir una naturaleza idealizada: una versión cuidadosamente diseñada del paisaje que ocultara, en la medida de lo posible, la rigidez de la infraestructura.
Incluso los espacios recreativos privados de la residencia participaban del relato paisajístico.
La pradera y la alternancia entre espacios íntimos y abiertos
No todo el núcleo de 32 acres estaba compuesto por jardines florales.
Más allá de las terrazas se abría una gran pradera verde, orientada hacia las vistas del valle y las montañas. El sector estaba atravesado por caminos peatonales y por el arroyo que comunicaba los dos lagos.
La amplitud de esa pradera servía como contraste con los jardines más elaborados.
Después de atravesar canteros, muros y caminos de piedra, el visitante podía encontrarse frente a una extensión abierta donde los árboles aparecían más separados y el horizonte volvía a hacerse visible.
Neverland alternaba constantemente entre espacios íntimos y espacios amplios.
Había senderos estrechos entre flores y rincones protegidos bajo los árboles, pero también caminos desde los cuales podían contemplarse praderas enteras.
Había jardines controlados junto a la residencia y grandes áreas donde permanecía visible el carácter rural del valle.
Esta alternancia impedía que la propiedad se percibiera como un parque completamente encerrado dentro de sí mismo.
Más allá de los jardines continuaba existiendo el paisaje verdadero de California.
Los jardines privados de los huéspedes
El anuncio de venta de 1986 revelaba que las cuatro habitaciones independientes de la casa de huéspedes poseían sus propios jardines privados.
Cada visitante podía disponer de un espacio exterior diferenciado, separado de los grandes jardines comunes.
El paisaje había sido concebido como una prolongación de cada ambiente residencial. Su existencia demuestra el nivel de detalle alcanzado por el proyecto de William Bone, Robert Altevers y Thomas Stone.
Durante la etapa de Michael, las residencias y cottages de huéspedes fueron utilizados por familiares, amigos e invitados. Sus jardines contribuían a la sensación de intimidad y retiro que ofrecía el rancho.
Jardines que cambiaban con las estaciones
Los canteros eran renovados estacionalmente, por lo que las combinaciones de colores variaban a lo largo del año.
La geometría de los jardines era visible, pero no excesivamente rígida. Las curvas permitían que las flores siguieran el movimiento de los senderos, las orillas y la arquitectura.
El jardín nunca se presentaba exactamente de la misma manera. Durante determinados meses podían dominar los tonos amarillos, anaranjados y rojos. En otros momentos, nuevas variedades modificaban el color de las borduras y los canteros.
Begonias, petunias, caléndulas ornamentales y bocas de dragón dominaban los jardines. Neverland requería una renovación permanente de sus jardines.
La estructura permanecía. Su superficie estaba viva.
La renovación de semejante cantidad de canteros exigía planificación, personal y espacios capaces de producir, conservar o preparar las plantas antes de trasladarlas a los jardines.
Brad Sundberg recordó que Neverland contaba con áreas de vivero y que siempre había flores frescas disponibles.
Neverland no era solamente un jardín terminado. Era también un lugar donde el jardín se producía continuamente.
Michael Jackson y la transformación de Sycamore Valley Ranch
Cuando Michael Jackson adquirió la propiedad a finales de la década de 1980, no recibió un lienzo vacío.
El trabajo de William Bone, Thomas Stone y Robert Altevers ya había establecido la estructura paisajística principal:
- los dos lagos;
- la relación de la residencia con el agua;
- el puente de piedra;
- la cascada;
- los jardines formales;
- las praderas;
- los caminos;
- la preservación de los grandes robles.
La transformación de Michael consistió en darle un nuevo significado al paisaje existente.
El jardín dejó de ser únicamente el entorno de una gran residencia de campo. Se convirtió en el escenario que permitía pasar gradualmente de un mundo a otro.
La casa continuaba rodeada por agua y árboles, pero ahora los visitantes podían atravesar el valle en tren. Las fuentes se contemplaban desde los coches. El reloj floral anunciaba la estación. Los caminos conducían hacia edificios y espacios de entretenimiento que aparecían progresivamente entre la vegetación.
Michael heredó una obra paisajística excepcional y la convirtió en una experiencia narrativa.
El camino hacia otro mundo
Después de atravesar el primer acceso de la propiedad, el camino continuaba por un paisaje de matorrales y vegetación baja semejante al territorio exterior.
Todavía no aparecían los jardines, la música ni las grandes construcciones. El vehículo debía avanzar, superar una elevación y comenzar a descender por el lado opuesto.
Solo entonces aparecían las cercas blancas, el césped verde, las fuentes y los grandes robles.
Brad Sundberg comparó ese cambio con el paso de El mago de Oz al Technicolor. También recordó una explicación atribuida a Michael: el acceso debía producir un efecto psicológico, haciendo que el visitante creyera que todavía se encontraba dentro de un rancho convencional antes de revelar repentinamente el mundo interior.
Lo importante no era únicamente lo que se mostraba, sino el momento en que comenzaba a mostrarse.
Neverland no se revelaba desde el primer portón. La distancia, las curvas del camino y la propia geografía ocultaban el núcleo desarrollado de la propiedad. El visitante avanzaba sin saber exactamente qué encontraría detrás de la siguiente elevación.
Cuando finalmente descendía hacia el valle, el cambio era inmediato: el verde del césped, el blanco de las cercas, las fuentes elevándose sobre el agua y los robles enmarcando el camino anunciaban que el paisaje exterior había quedado atrás.
La transformación no dependía de un efecto imaginario. Dependía de una secuencia real de caminos, pendientes, vegetación y vistas cuidadosamente organizada.
El portón ornamentado y la llegada ceremonial
El segundo portón, conocido como el ornate gate, marcaba una nueva transición.
Era allí donde muchos invitados descendían de automóviles o autobuses y comenzaban el recorrido propiamente dicho por Neverland.
El pequeño tren podía esperarlos junto al sector de entrada. La música, la iluminación, los uniformes del personal y la presencia del ferrocarril convertían el acceso en una llegada ceremonial.
La secuencia se construía gradualmente:
primero el camino rural;
después las cercas, los árboles y las fuentes;
luego el portón ornamentado;
finalmente la música, el personal y el tren preparado para iniciar el viaje.
El paisaje funcionaba como una introducción.
Neverland comenzaba mucho antes de llegar al parque. Comenzaba en la forma de entrar.
El paisaje contemplado desde los trenes
Los ferrocarriles no solo trasladaban a los visitantes entre diferentes zonas.
También determinaban qué partes del paisaje veían y en qué orden las descubrían.
El pequeño C. P. Huntington permitía ingresar hacia el interior sin atravesar directamente el sector más privado de la residencia. El recorrido pasaba junto al lago, los cisnes, la embarcación con forma de cisne y los grandes robles antes de conducir a los pasajeros hacia el parque de atracciones.
El movimiento relativamente lento permitía observar detalles que podían pasar inadvertidos desde un automóvil.
El lago aparecía entre los árboles.
Los cisnes se desplazaban sobre el agua.
Las fuentes se elevaban a la distancia.
Los jardines y los edificios comenzaban a anunciar otras zonas del rancho.
Cada curva podía ocultar temporalmente una construcción. Cada grupo de árboles podía enmarcar un puente, una fuente o un nuevo sendero.
El tren avanzaba y Neverland parecía desplegarse frente a sus pasajeros.
La locomotora Katherine recorría el lado alto del valle y comunicaba la gran estación con el cine, el parque y el zoológico. El C. P. Huntington ofrecía otra perspectiva, atravesando el paisaje de los lagos, los jardines y los grandes robles.
Cada línea permitía contemplar Neverland desde una posición diferente.
Los ferrocarriles no habían sido colocados sobre el paisaje como elementos independientes. Las vías se integraban con la topografía, los árboles y los recorridos visuales.
El paisaje era contemplado en movimiento y, por ello, nunca aparecía como una única vista completa.
Se presentaba como una sucesión de escenas.
Los jardines de la casa principal
La residencia estaba rodeada por varios ambientes exteriores diferenciados.
Frente a la casa se encontraba el jardín florido atribuido a Thomas Stone, compuesto por canteros curvos, caminos de piedra, grandes árboles y abundante vegetación ornamental.
Al sur se extendían los jardines orientados hacia el lago principal. Allí aparecían escalinatas, pequeños muros de piedra, terrazas, césped y canteros que conducían visualmente hacia el agua.
Al norte se desarrollaba un complejo paisajístico distinto, integrado por:
- un pabellón de inspiración europea;
- la cancha de tenis hundida;
- la piscina;
- el spa;
- terrazas;
- pradera;
- senderos;
- arroyo.
El denominado jardín norte no era un simple cantero posterior a la casa, sino un extenso espacio recreativo donde arquitectura, vegetación y agua formaban una unidad.
Más allá de las terrazas, la pradera permitía que el paisaje diseñado se fundiera gradualmente con el rancho.
El césped, los senderos y los robles actuaban como transición entre la residencia intensamente cuidada y las colinas exteriores.
La primavera permanente de Neverland
Durante la etapa de Michael, la escala floral alcanzó dimensiones extraordinarias. Aproximadamente 128.000 plantas con flores, atendidas por decenas de trabajadores.
El médico y amigo de Michael William B. Van Valin II recordó que Michael pedía a los jardineros que distribuyeran algunas flores irregularmente sobre el césped, para que parecieran haber nacido espontáneamente.
Era una naturaleza cuidadosamente construida para no parecer construida.
Las flores dispersas obligaban al personal a trabajar alrededor de cada planta al cortar el césped. El resultado parecía libre, pero requería un mantenimiento mucho más complejo que el de una superficie uniforme.
Van Valin también recordó que el responsable de los jardines le habría hablado de un gasto cercano a 30.000 dólares mensuales únicamente en flores.
Los canteros se renovaban según las estaciones. La estructura de los jardines podía conservarse, pero el color se encontraba en permanente transformación.
El paisaje de Neverland no dependía únicamente de plantas perennes. Requería una enorme cantidad de ejemplares temporales, elegidos para producir masas cromáticas y reemplazados cuando terminaba su ciclo, sufrían daños o debían adaptarse a una nueva celebración.
El parque de atracciones como jardín de recreo
El parque de Neverland no era una feria instalada sobre una explanada de cemento. Las atracciones estaban separadas por césped, senderos, flores, faroles, árboles, glorietas y esculturas.
La vegetación cumplía varias funciones:
- guiaba a los visitantes;
- separaba áreas de circulación;
- disimulaba bases y plataformas;
- suavizaba la presencia de estructuras mecánicas;
- vinculaba visualmente los juegos con el resto del rancho.
El paisaje penetraba entre las máquinas.
El carrusel, la rueda de la fortuna, los trenes y las demás atracciones parecían formar parte de un gran jardín de recreo.
Los canteros del parque presentaban un lenguaje más intenso que los jardines de la residencia. Predominaban bandas compactas de colores, diseñadas para resultar visibles desde los trenes y desde las atracciones en movimiento.
La disposición de las flores ayudaba a conducir el recorrido y ocultar elementos técnicos que podían romper la ilusión.
Los jardines alrededor del cine
El cine estaba rodeado por césped, canteros, senderos, árboles y esculturas.
Van Valin relató que, durante una caminata, encontró a los jardineros replantando un gran cantero situado cerca del edificio.
Michael le explicó que una familia de cerdos salvajes descendía desde el cañón y removía repetidamente las plantas.
Cuando Van Valin sugirió capturarlos o trasladarlos, Michael respondió que era él quien había construido su casa dentro del territorio de aquellos animales.
La anécdota revela una dimensión fundamental del paisaje de Neverland.
La naturaleza no estaba completamente sometida. Los animales silvestres continuaban descendiendo desde las colinas e ingresando en los jardines más cuidados.
Michael podía ordenar que las flores fueran replantadas, pero no consideraba que eso le otorgara derecho a eliminar a quienes habitaban aquellas tierras antes que él.
El reloj floral y el jardín que medía el tiempo
Frente a la gran estación se encontraba uno de los elementos paisajísticos más reconocidos de Neverland: el reloj floral.
Su ubicación no era casual. El reloj se encontraba delante de la estación, alineado visualmente con la torre y separado de las vías, que discurrían por detrás del edificio.
La aproximación se producía mediante una composición formada por flores, mecanismos, arquitectura y ferrocarril.
El reloj pertenecía simultáneamente a distintos mundos.
Era un jardín porque estaba formado por plantas y flores.
Era un mecanismo porque marcaba el paso de las horas.
Era parte de la estación porque anticipaba visualmente la torre y su reloj elevado.
El conjunto integraba:
- esfera vegetal;
- agujas mecánicas;
- divisiones horarias;
- flores;
- setos;
- escalinatas;
- palabra NEVERLAND;
- estación ferroviaria como fondo arquitectónico.
No era simplemente un cantero circular.
Era una instalación en la que horticultura, mecánica, arquitectura e identidad visual funcionaban conjuntamente.
El reloj vegetal exigía recambios de plantas, mantenimiento de setos, ajuste de agujas, riego y conservación del mecanismo.
La palabra NEVERLAND aparecía integrada al jardín del reloj mediante flores y vegetación.
Su color y definición variaban con las estaciones y las restauraciones. Al tratarse de material vivo, las letras debían reconstruirse, podarse y replantarse periódicamente.
Los grandes robles
Entre todos los elementos naturales de la propiedad, los robles ocupaban un lugar especial. Habían condicionado el diseño de los lagos durante la etapa de Thomas Stone. Daban sombra a la residencia y a los caminos. Aparecían junto al agua. Acompañaban los recorridos ferroviarios.
Por la noche, la iluminación paisajística podía transformar sus copas y ramas en grandes figuras luminosas.
A diferencia de las flores estacionales, los robles representaban la continuidad. Estaban allí antes de Neverland.
Sus formas no eran perfectas ni simétricas. Las ramas se extendían en diferentes direcciones, se retorcían, descendían hacia el suelo y formaban espacios protegidos bajo las copas. Esa irregularidad los hacía especialmente apropiados para el mundo creado por Michael. Parecían árboles pertenecientes a una ilustración antigua, aunque fueran ejemplares reales del paisaje californiano.
Algunos acompañaban los caminos. Otros se levantaban aislados sobre las praderas.
Uno de ellos llegó a adquirir un significado personal y creativo incomparable.
The Giving Tree
Dentro del núcleo paisajístico próximo a los lagos se encontraba el árbol que Michael llamó The Giving Tree.
Su apariencia es compatible con uno de los grandes robles perennifolios californianos de la propiedad.
Michael trepaba directamente por su tronco y se instalaba sobre ellas.
Durante Living with Michael Jackson, él mismo explicó que aquel árbol le proporcionaba inspiración y relacionó directamente con ese lugar cuatro canciones:
- “Heal the World”;
- “Will You Be There”;
- “Black or White”;
- “Childhood”.
Michael vinculaba el árbol con su proceso creativo y con el nacimiento de esas canciones.
Su importancia residía en abandonar las habitaciones, ascender por encima del suelo y observar Neverland desde otro nivel.
Entre las ramas, Michael encontraba un lugar para pensar, escuchar y construir mentalmente sus canciones.
El árbol unía el paisaje del rancho con su obra artística.
Era una parte de Neverland que no necesitaba atracciones, esculturas ni efectos especiales. Solo necesitaba el árbol y a quien subía hasta sus ramas.
Glorietas y pabellones
Neverland poseía distintas glorietas y pabellones, construidos en diferentes épocas y con funciones diversas.
Algunos pertenecían al proyecto original de Sycamore Valley Ranch, como los espacios de observación junto al lago y las construcciones recreativas próximas a la piscina y la cancha de tenis.
Otros fueron incorporados por Michael.
El denominado Wedding Gazebo fue construido especialmente para la boda de Elizabeth Taylor y Larry Fortensky, celebrada en Neverland el 6 de octubre de 1991.
Después de la boda, la glorieta quedó integrada al paisaje.
Otros pabellones se encontraban junto a vías, senderos y jardines.
Permitían descansar, conversar, observar el paso de los trenes o contemplar el paisaje.
Las glorietas no eran solamente construcciones aisladas. Funcionaban como pausas dentro del recorrido.
Neverland al caer la noche
Cuando llegaba el atardecer, el paisaje comenzaba a transformarse nuevamente.
Los caminos y escalones aparecían suavemente iluminados, mientras los robles y sicomoros podían contemplarse desde la residencia bañados por una luz dorada.
La iluminación no se limitaba a permitir el desplazamiento nocturno. Modificaba la forma en que cada elemento era percibido.
Durante el día, los árboles se reconocían por la textura de sus troncos, la forma de sus ramas y las sombras que proyectaban sobre el césped. Por la noche, la luz separaba sus copas del fondo oscuro, destacaba un puente, acompañaba una escalera o descendía hacia el agua para multiplicarse en los reflejos.
Las fuentes podían aparecer entonces como columnas blancas elevándose sobre la oscuridad.
Los senderos de piedra adquirían otro relieve y parecían conducir hacia espacios apenas insinuados.
La estación, los pabellones y el reloj floral se recortaban como escenas independientes, unidas por la iluminación y por la presencia constante del jardín.
El lago dejaba de reflejar solamente el cielo y los árboles.
Comenzaba a guardar también las luces.
Los cisnes avanzaban sobre una superficie atravesada por destellos. Las ramas iluminadas se duplicaban en el agua y los caminos parecían perderse entre las sombras, mientras la música continuaba acompañando el paisaje sin revelar por completo su origen.
Neverland no desaparecía cuando caía la noche. Cambiaba de lenguaje.
Durante el día se expresaba mediante el color de las flores, el verde de las praderas, las formas de los árboles y el movimiento del agua.
Al anochecer comenzaba a hablar mediante reflejos, sombras, sonidos y pequeñas luces que guiaban el recorrido.
Era el mismo paisaje. Pero parecía pertenecer a otro momento del cuento.
Durante la noche, algunos de los grandes robles del sector recreativo se transformaban completamente, ya que sus ramas estaban cubiertas por decenas de miles de pequeñas luces titilantes.
No se han localizado planos eléctricos que permitan comprobar esa cifra exacta. Sin embargo, Sundberg aclaró que la escala de la instalación era extraordinaria y que los árboles se convertían en piezas centrales de la iluminación nocturna.
Durante el día eran monumentos naturales. Al caer la noche se transformaban en inmensas estructuras luminosas.
La iluminación integrada en las ramas reducía la presencia visual de postes convencionales y permitía que el parque conservara su carácter fantástico.
Las luces surgían de árboles, edificios, atracciones y esculturas. Neverland parecía iluminado desde dentro del propio paisaje.
El trabajo detrás del paisaje
La apariencia impecable de Neverland requería una operación permanente.
Durante el período de mayor actividad, la propiedad podía contar con aproximadamente 100 o 110 trabajadores, y que entre 60 y 70 podían estar vinculados con la jardinería y el mantenimiento del paisaje.
Esa cantidad de personal resulta coherente con la escala visible de la operación:
- dos lagos;
- fuentes;
- cascadas;
- viveros;
- extensas superficies de césped;
- acres de rosales;
- alrededor de 128.000 plantas florales;
- árboles;
- senderos;
- canteros;
- estación;
- parque;
- cine;
- residencias;
- preparación de espacios para invitados y celebraciones.
El paisaje que parecía pertenecer a un cuento era sostenido por personas que trabajaban diariamente con tierra, agua, plantas, herramientas y maquinaria.
La fantasía dependía de una disciplina silenciosa.
Según documentos financieros presentados ante el Los Angeles Superior Court en septiembre de 1999, el mantenimiento de los jardines de Neverland representaba aproximadamente 95.700 dólares mensuales.
La misma información calculaba los gastos domésticos totales del rancho en aproximadamente 358.600 dólares mensuales, incluyendo además seguridad, mantenimiento del zoológico y del parque, tareas domésticas y otras necesidades operativas.
La cifra de 95.700 dólares mensuales destinada a jardinería resulta compatible con la magnitud visible del paisaje y con la cantidad de personal, flores, árboles, fuentes y sistemas que debían mantenerse.
Sequía y perfección visual
La compra de Michael y sus primeras transformaciones coincidieron con una prolongada sequía que afectó a California entre finales de la década de 1980 y comienzos de la de 1990.
Mientras los robledales de la costa central sufrían estrés hídrico, el núcleo de Neverland se volvía cada vez más verde y florido.
El paisaje exterior seguía los ritmos naturales de la lluvia. El interior dependía de pozos, bombas, aspersores, jardineros y recambio permanente de plantas.
La fantasía comenzaba allí donde empezaba el mantenimiento intensivo.
Exempleados afirmaron que algunos sectores marrones del césped eran tratados con colorante verde para conservar la uniformidad visual. Se trataba de una corrección localizada, pero revela el nivel de exigencia escenográfica aplicado al paisaje.
Neverland debía parecer siempre despierto, verde y preparado para recibir visitantes. Incluso una superficie dañada podía ser corregida para impedir que la ilusión mostrara una falla.
El paisaje que unía a Neverland
La función más profunda de los jardines era unir todo aquello que, contemplado por separado, podía parecer una suma de edificios, atracciones y espacios independientes.
El paisaje enlazaba la residencia con los lagos, prolongaba los caminos de piedra hasta los pabellones y acompañaba las vías ferroviarias mientras atravesaban las zonas verdes para comunicar la entrada con el parque, el cine y el zoológico.
Frente a la estación, el reloj floral hacía que la jardinería dialogara con la arquitectura y con los trenes.
Más adelante, las esculturas aparecían entre los senderos como pequeñas presencias silenciosas, mientras la música y la iluminación extendían una misma atmósfera sobre lugares muy alejados entre sí.
Sin ese tejido de agua, árboles, flores, senderos y praderas, Neverland habría podido convertirse en una colección de construcciones extraordinarias, pero desconectadas.
Eran los jardines los que evitaban esa fragmentación.
Conseguían que un lago, una estación, un tren, una escultura y un edificio parecieran pertenecer naturalmente al mismo mundo.
El paisaje no se limitaba a ocupar el espacio entre las distintas instalaciones.
Les proporcionaba continuidad, suavizaba sus límites y guiaba al visitante de una escena a otra sin romper la sensación de permanecer dentro de una única historia.
Michael no destruyó el paisaje heredado ni intentó sustituirlo por completo.
Lo recibió, lo conservó y, sobre aquella base, construyó una nueva experiencia.
Los trenes comenzaron a atravesar el valle.
La estación apareció detrás del reloj floral.
El cine, el zoológico y el parque fueron incorporados a nuevos recorridos.
Las esculturas, la música, la iluminación y los símbolos de infancia poblaron los jardines con una identidad distinta.
Michael no borró Sycamore Valley Ranch. Lo convirtió en el suelo sobre el cual pudo levantarse Neverland.
Bajo las atracciones y las nuevas construcciones continuaban existiendo la casa entre los dos lagos, el puente de piedra, los viejos robles, la cascada, las praderas y el plan paisajístico original.
El sueño de Michael se apoyó, por lo tanto, sobre otro sueño anterior: el de una residencia construida para vivir entre el agua, los árboles y las montañas.
Una etapa aportó la estructura. La otra le dio un nombre, una historia y una emoción completamente nuevas.
Describir los jardines de Neverland únicamente mediante palabras como magia, fantasía o cuento resultaría insuficiente. Su verdadera singularidad residía en que aquella atmósfera no dependía de nada imaginario.
Todo lo que la hacía posible era real.
Los lagos habían sido excavados y sus orillas cuidadosamente diseñadas.
Los puentes habían sido construidos piedra por piedra.
Las fuentes necesitaban bombas para elevar sus columnas de agua.
Los canteros eran renovados con flores cultivadas y cuidadas por manos humanas.
Los árboles requerían poda, riego y vigilancia.
Los senderos debían limpiarse.
Los cisnes necesitaban alimento.
La cascada tenía que mantener su circulación.
Al anochecer, las luces debían encenderse y los altavoces ocultos entre piedras y vegetación comenzaban a acompañar el movimiento del agua y el susurro de los árboles.
Neverland parecía pertenecer a un cuento porque una enorme cantidad de trabajo conseguía que lo real adquiriera la forma de un sueño.
Los edificios podían llamar la atención por su arquitectura.
Los trenes, por su movimiento.
El parque, por sus luces y atracciones.
Sin embargo, era el paisaje el que permitía que todo aquello perteneciera verdaderamente a Neverland.
Los jardines suavizaban la escala de las construcciones.
Los árboles ocultaban y revelaban los edificios.
Los lagos recogían los reflejos de la luz.
Las flores acompañaban los caminos.
Las fuentes se elevaban entre el verde.
Los trenes avanzaban sin abandonar nunca el marco protector del valle.
El visitante podía no conocer los nombres de Thomas Stone, Robert Altevers o de los numerosos jardineros que trabajaban diariamente en la propiedad.
Podía ignorar qué bombas hacían circular el agua, qué viveros producían las flores o cuánto esfuerzo requería mantener el césped, los lagos y los caminos.
Pero percibía el resultado.
Sentía que, en algún momento del recorrido, había atravesado una frontera.
El paisaje que explicaba su nombre
Quizás el paisaje fuera la parte de Neverland que mejor explicaba su nombre.
El País de Nunca Jamás de Peter Pan no era simplemente un parque de juegos, sino una isla que debía ser encontrada: un territorio apartado del mundo cotidiano, al que se llegaba dejando atrás las reglas habituales.
En California, aquella separación no se producía volando hacia la segunda estrella a la derecha.
Se producía avanzando por un camino, atravesando una colina y esperando a que el valle se revelara. Neverland no se entregaba de una sola vez.
Se dejaba descubrir lentamente, como si conociera el valor de la espera y supiera que un mundo extraordinario pierde parte de su encanto cuando se revela demasiado pronto.
El refugio de Michael
El paisaje no había sido creado únicamente para impresionar a quienes llegaban por primera vez. Para Michael Jackson también representó una forma de refugio.
Entre los árboles podía alejarse de las construcciones y de las obligaciones que lo acompañaban.
En The Giving Tree encontraba un lugar desde el cual contemplar la propiedad y pensar sus canciones.
Junto al lago podía compartir un picnic o detenerse a mirar el agua.
Los senderos le permitían caminar sin abandonar la privacidad del rancho, mientras el sonido de la cascada, la sombra de los robles y la distancia respecto del mundo exterior creaban una sensación de protección.
Neverland era extraordinario por su escala.
Los jardines, los lagos y los caminos nunca fueron un decorado pasivo.
Habían sido el escenario de los viajes en tren, de las visitas de niños, de los encuentros con amigos, de los picnics, de las caminatas y de los momentos de creación.
El agua, las flores y los árboles permanecían allí tanto durante las grandes celebraciones como en las horas silenciosas, cuando las atracciones estaban detenidas, los invitados se habían marchado y las luces del parque comenzaban a apagarse.
Quizás por eso el paisaje fue una de las partes más personales del rancho.
El parque podía representar la alegría compartida.
El cine, el espectáculo.
La estación, el comienzo de la aventura.
Los jardines, en cambio, representaban algo más íntimo: la posibilidad de encontrar un lugar donde el mundo exterior pareciera quedar lejos y donde la imaginación pudiera respirar sin ser interrumpida.
Neverland fue un sueño construido por muchas manos y a lo largo de distintas etapas.
Así nació un lugar que no necesitaba abandonar la realidad para parecer extraordinario.
Porque el verdadero encanto de Neverland no consistía en fingir que sus fuentes, árboles, lagos o flores poseían poderes mágicos.
Consistía en detenerse ante ellos con una mirada diferente, recuperar por un momento la capacidad de asombro y recordar que incluso las cosas más reales pueden parecer maravillosas cuando alguien consigue mostrarlas como si las estuviéramos viendo por primera vez.
Y tal vez esa haya sido la obra más delicada del paisaje de Neverland: no transformar la naturaleza en fantasía, sino permitir que quienes caminaran entre sus árboles, escucharan el agua o contemplaran las luces reflejadas sobre el lago pudieran volver a creer, aunque solo fuera durante unos instantes, que la realidad todavía era capaz de contener un poco de magia.
