
Hay testimonios que permiten conocer Neverland desde la superficie y otros que permiten comprender cómo funcionaba. El de Allan “Big Al” Scanlan pertenece a la segunda categoría. Durante aproximadamente quince años estuvo al frente del parque de atracciones y de los ferrocarriles del rancho, con responsabilidades que terminaron extendiéndose a la seguridad, la coordinación de grandes grupos y la atención de invitados. Su puesto lo situó en un lugar excepcional: suficientemente cerca de Michael Jackson para presenciar decisiones, proyectos, bromas y conversaciones privadas, pero al mismo tiempo profundamente ligado al trabajo cotidiano que sostenía el rancho.
Su mirada resulta especialmente valiosa porque no llegó a Neverland como admirador. Cuando entró por primera vez, Michael Jackson era para él una celebridad extraordinariamente famosa, pero su verdadero lenguaje era otro: motores, cables, estructuras, procedimientos, manuales de fabricantes y seguridad. Aquello que al visitante podía parecer un mundo surgido de la imaginación, Scanlan lo observaba también desde atrás, donde cada tren debía mantenerse, cada atracción inspeccionarse y cada jornada organizarse.
Con los años, sin embargo, ese profesional que había aprendido a medir riesgos terminó descubriendo otra manera de medir su trabajo. Neverland lo obligaría a mirar no sólo las máquinas, sino a las personas que subían a ellas.

Mucho antes de que una locomotora llamada Katherine lanzara su silbato contra las montañas de Santa Ynez, Allan ya llevaba buena parte de su vida entre ferias y atracciones. Había nacido en una pequeña localidad de Montana a mediados de la década de 1950 y, alrededor de los diez años, su familia se trasladó al área de Phoenix y Scottsdale, en Arizona. Su padre integraba la comisión de una feria local y Allan recordaba tener apenas seis o siete años cuando aquel universo comenzó a fascinarlo. Mientras otros niños se concentraban en subir a los juegos, él parecía interesado también en quienes los manejaban; en el patio de la escuela jugaba a ser el operador de un carrusel, sin imaginar que estaba ensayando una profesión que terminaría acompañándolo durante casi toda su vida.
Todavía era estudiante secundario cuando una feria llegó a Phoenix y algunos de sus trabajadores buscaron jóvenes dispuestos a ayudar durante el montaje. Allan aceptó. Pronto descubrió que visitar un carnaval y vivir dentro de él eran experiencias completamente distintas: las atracciones se armaban descargando pesadas piezas de acero, los días eran largos y dormir debajo de un camión o de una estructura podía formar parte de la rutina. Después del primer verano creyó que no volvería, pero volvió. Lo que debía ser un trabajo transitorio terminó convirtiéndose en años de montar, desmontar, operar y mantener juegos mecánicos. Allí aprendió una idea que más tarde resultaría esencial para comprender Neverland: la fantasía sólo parece sencilla cuando alguien ha resuelto antes todo aquello que podría hacerla fallar.
Con el tiempo, un inspector de seguridad reparó en la manera en que Scanlan cuidaba el equipo y organizaba al personal bajo su responsabilidad. Le ofreció la posibilidad de pasar al otro lado de las inspecciones. Allan comenzó entonces a especializarse profesionalmente en seguridad y mantenimiento, recorriendo parques y ferias, revisando instalaciones, interpretando manuales, estudiando fallas y enseñando procedimientos. Esa experiencia fue la que lo llevó, casi por casualidad, hasta una propiedad privada de Santa Barbara County donde Michael Jackson comenzaba a instalar atracciones.
La administración de Neverland había comprendido un problema elemental: comprar juegos no significaba saber mantenerlos. A través del intermediario que suministraba las atracciones llegaron hasta la compañía para la que trabajaba Scanlan. Durante aproximadamente dos años Allan visitó el rancho como consultor externo, algunas veces al año y por pocos días. Formaba al personal, recomendaba herramientas, revisaba boletines de fabricantes y preparaba informes. En su primera visita obtuvo además una excepción poco habitual: podía entrar con una cámara porque las fotografías formaban parte de sus inspecciones. Eran todavía los años de película fotográfica; Neverland conservaba los negativos y Allan recibía las copias necesarias para documentar su trabajo. Sin proponérselo, aquellas inspecciones pudieron haber generado un archivo técnico del parque muy distinto de las fotografías conocidas por el público.
La primera vez estaba demasiado concentrado en su tarea para mirar alrededor. En la segunda, el ranch manager lo llevó a recorrer la propiedad en una camioneta y Allan comprendió su escala. Recordaba una extensión aproximada de 2.700 acres: la zona de la casa, los jardines y las instalaciones recreativas aparecía cuidada con precisión casi de campo de golf, mientras que más allá continuaban las colinas, los robles, los sicomoros, los caminos rurales y centenares de cabezas de ganado. En medio de esa extensión se había levantado un universo privado de trenes, flores, animales, juegos y música. A Scanlan, que había pasado media vida viendo parques, no lo impresionó tanto estar dentro de la propiedad de una superestrella como la calidad profesional de lo que encontraba. No era seguidor habitual de la música de Michael; lo que lo deslumbró fue el parque.
Cuanto más visitaba Neverland, más evidente le parecía que la propiedad necesitaba a alguien con experiencia permanente en la industria. Se lo dijo al ranch manager desde una perspectiva de seguridad y responsabilidad: una instalación semejante no podía depender indefinidamente de visitas esporádicas de consultores. Allan no estaba postulándose y llegó a ofrecer ayuda para buscar a la persona adecuada. Finalmente terminó ocupando él mismo el puesto. Se instaló en Santa Maria, donde mantendría su domicilio durante los siguientes quince años, y comenzó una etapa que lo transformaría mucho más de lo que podía imaginar.
Todavía faltaba algo curioso: ya había inspeccionado las atracciones, asesorado al personal y aceptado trabajar a tiempo completo, pero aún no conocía a Michael Jackson. El encuentro ocurrió unas dos semanas después y no tuvo nada de ceremonial. Era un día caluroso. Allan estaba junto a una máquina de hielo preparando conos cuando oyó detrás de sí un carrito de golf. Michael comentó el calor; Scanlan respondió sin darse vuelta del todo y continuó trabajando. Un instante después, un globo de agua explotó exactamente en medio de su espalda. El carrito se alejó entre risas mientras Michael gritaba una breve defensa: “It wasn’t me.” Ésa fue la presentación.
Camino a su casa, Allan terminó de advertir lo absurdo de la escena: no demasiadas personas podían contar que habían recibido un globo de agua de Michael Jackson durante su jornada laboral. Pero aquel episodio fijó desde el principio el tono de una relación que nunca sería completamente formal. Scanlan no parecía impresionarse con facilidad y Michael encontró en él a alguien capaz de responderle con naturalidad. Esa naturalidad resultaría importante porque Allan tampoco estaba allí para decir que sí a todo.
Su cargo fue ampliándose hasta volverse difícil de resumir. Años después corregiría a quienes lo presentaban como director general de mantenimiento: Neverland tenía distintos departamentos y él había sido contratado fundamentalmente para dirigir el parque de atracciones. Su experiencia en seguridad lo llevó, sin embargo, a intervenir en cuestiones relacionadas con empleados e invitados, y a ello se sumaron los ferrocarriles, distintas instalaciones recreativas y la coordinación operativa de eventos y grupos. En determinadas etapas el parque podía contar con apenas tres o cuatro personas junto a Allan para operar alrededor de quince atracciones, una cifra que varió con los años. Neverland no funcionaba como un parque comercial con cada juego atendido permanentemente; cuando no había visitantes, muchas instalaciones permanecían detenidas. Cuando llegaba un grupo, toda la maquinaria humana del rancho debía reorganizarse.
Michael esperaba además algo más que seguridad. Scanlan terminó describiendo el estándar de atención como una hospitalidad de cinco estrellas. Si Michael estaba viajando o trabajando lejos del rancho podía llamar para preguntar si sus invitados habían llegado, si todo funcionaba y si necesitaban algo. Con el tiempo comenzó a repetirse una indicación: que Big Al estuviera pendiente de ellos. Allan había viajado durante años y conocía hoteles, resorts y servicios de distintos niveles; sin proponérselo, aplicó parte de esa experiencia a un lugar que no era un hotel ni un parque abierto al público. El objetivo era que el visitante sintiera que Neverland había estado preparado para él desde el principio, aunque detrás hubiera horarios, radios, operadores, inspecciones y decisiones tomadas a toda velocidad.
Los trenes de Neverland Ranch

Los trenes eran quizá el ejemplo más visible de esa doble realidad. Cuando Allan llegó ya existía el pequeño C. P. Huntington, fabricado por Chance Rides, con tres coches y una trocha de 24 pulgadas. Su trazado recorría buena parte de la zona desarrollada del rancho, pasando cerca de la casa, el parque y el zoológico. Michael disfrutaba de la sensación de que Neverland siguiera vivo incluso cuando las actividades disminuían. Por la noche, si estaba en la casa, Allan podía realizar un recorrido corto para que las luces de la formación aparecieran entre los árboles y el silbato atravesara el valle. Para el visitante era una imagen; para Scanlan era también una operación que alguien debía poner en marcha.
Una sesión fotográfica para la revista LIFE marcó, según Allan, el comienzo de otra etapa. Recuerda una fotografía en la que él y Michael posaban junto al pequeño tren. El fotógrafo les pidió que fingieran conversar y Michael aprovechó el momento para anunciarle que tendrían una locomotora de vapor. Allan no reaccionó con entusiasmo. Una máquina de vapor real implicaba fuego, agua, presión, válvulas, mantenimiento constante y operadores formados. Michael, en cambio, sabía exactamente qué quería: una locomotora de configuración 4-4-0, dentro del imaginario ferroviario que admiraba en Disneyland. Scanlan explicó las dificultades. Michael quería el tren. La decisión estaba tomada.
Allan acompañó a otros responsables del rancho a estudiar instalaciones ferroviarias y, con el tiempo, la locomotora que inicialmente había considerado una complicación terminó convirtiéndose en una de las cosas que más amó de Neverland. Katherine, bautizada en honor a Katherine Jackson, circulaba por una trocha de 36 pulgadas. Su estación se levantó contra la ladera, con una estética deliberadamente inspirada en el universo ferroviario de Disney. Frente a ella funcionaba un reloj floral y, dentro, una placa con una fotografía juvenil de Katherine Jackson vinculaba el cuidado puesto en restaurar la locomotora con el cuidado que ella había dedicado a su familia. Cuando Katherine visitó por primera vez el tren que llevaba su nombre, Allan tuvo el privilegio de conducirla. Años después todavía resumía el momento con una emoción sencilla: había llevado a Katherine en Katherine.

La locomotora era, según su recuerdo, una pieza extraordinaria: teca en la cabina, latón pulido, detalles en pan de oro, iluminación y sonido. Pero lo que terminó enamorando a Scanlan no fue sólo la terminación. Fue conducirla. Una máquina de vapor exigía comenzar temprano para levantar presión y no podía guardarse como una atracción eléctrica al terminar el último viaje. Durante algunos períodos sólo dos personas estaban capacitadas para operarla. En determinadas jornadas, especialmente si Michael estaba en casa, podía mantenerse preparada durante muchas horas por si aparecía una nueva petición.
El momento preferido de Allan llegaba al final del día. Al alejarse de la estación por la noche, la vía se internaba junto a la montaña y durante unos minutos desaparecían las luces de la casa y todavía no se alcanzaban las del parque. Quedaba únicamente el faro atravesando robles y sicomoros, el vapor escapando alrededor de la locomotora y la oscuridad de las montañas. Scanlan decía que era como retroceder doscientos años. Una noche, mientras vigilaba los indicadores, percibió una figura que entraba en la cabina desde atrás y por un instante creyó que algún animal se había acercado demasiado. Era Michael, que había avanzado desde los coches posteriores hasta sorprenderlo. El hombre que había recibido un globo de agua durante sus primeras semanas descubría que ni siquiera conduciendo una locomotora de vapor estaba completamente a salvo de las bromas de su jefe.
Neverland crecía
Con los años, Neverland siguió cambiando. Allan mantenía contactos con propietarios de ferias y carnavales y en algunas temporadas consiguió atracciones temporales para introducir novedades. Una de las más recordadas fue el Wave Swinger, una gran atracción alemana de sillas voladoras. Después de una noche de montaje, cuando los operarios todavía estaban cansados y sucios, Michael apareció con invitados, varios en pijama, quiso probarla y preguntó casi inmediatamente si podían conservarla. No era posible hacerlo en ese momento porque la atracción tenía compromisos en el circuito de ferias, pero al año siguiente Neverland terminó adquiriéndola.

Ese episodio resumía bien la dinámica entre ambos. Michael imaginaba y Allan debía traducir la imaginación a límites técnicos, presupuestos, fabricantes y tiempos reales. Scanlan estaba convencido de que una parte de la confianza que Michael depositó en él provenía de su disposición a decir no cuando algo no era viable. Si podía hacerse, buscaba la manera; si no podía, explicaba por qué. Esa tensión aparecía especialmente cuando Michael pensaba en grande. En algún momento hablaron de una gran montaña rusa permanente, posiblemente de un fabricante como Bolliger & Mabillard, que Allan estimaba entonces en el orden de diez o doce millones de dólares. El dinero no era el único límite: según su recuerdo, la condición rural y el régimen de preservación agrícola de parte de la propiedad restringían el desarrollo. Como solución temporal, consiguió durante un invierno una montaña rusa portátil con looping que permaneció unos meses antes de regresar al circuito itinerante.
La imaginación se extendía también al ferrocarril. Michael llegó a hablar de prolongar la vía de Katherine hacia el valle posterior, crear un recorrido mucho más largo y sumar un palace car que permitiera servir cenas durante el viaje. Nunca se concretó. Otras ideas, en cambio, podían pasar de una conversación a la obra en cuestión de días. Allan recordaba el pedido de una cancha de básquet con gradas, marcador electrónico, iluminación, sonido y emblema de Neverland. Michael formuló la idea un viernes y quería saber si podía estar utilizable el miércoles. Con ayuda del personal del rancho y contactos locales, la cancha efectivamente llegó a estar en condiciones de juego a mitad de la semana siguiente, aunque todavía faltaran algunas terminaciones.
La velocidad con la que podían aparecer proyectos hacía que Neverland pareciera un lugar impulsado por deseos instantáneos, pero Scanlan conocía la otra mitad de la historia. Durante una inspección del Zipper, por ejemplo, determinó que debían reemplazarse largos cables antes de continuar operando la atracción. Para trabajar sobre ellos fue necesario bajar la enorme estructura sobre su remolque. Mientras Allan y un ayudante manipulaban sistemas hidráulicos, gatos y toneladas de metal, comenzaron a aparecer empleados en carritos de golf para observar la escena. Entre ellos estaba Michael. Era una imagen muy distinta del Neverland que conocían los visitantes: sin música ni luces, sólo mecánicos, cables y acero. Pero ésa era precisamente la parte que hacía posible la otra.
Michael tampoco utilizaba todas las atracciones de la misma manera. Scanlan evitaba nombrar una favorita absoluta, aunque dos aparecen una y otra vez en sus recuerdos: Sea Dragon y los autos chocadores. El pabellón de bumper cars había sido transformado en algo mucho más complejo que una pista. Como la alimentación eléctrica llegaba desde el piso y no necesitaba barras hacia el techo, el espacio superior podía llenarse con grandes altavoces, luces estroboscópicas, bolas espejadas, luz ultravioleta y máquinas de humo. Los autos llevaban detalles fluorescentes y, con el sonido funcionando, el recinto se acercaba más a un club privado que a una atracción tradicional.

Michael y sus invitados podían repetir los autos chocadores durante media hora o más. En una ocasión, cuando Allan pensó que por fin habían terminado, Michael comenzó a empujar personalmente los vehículos hacia los laterales. Scanlan le dijo que podía ocuparse después, pero Michael quería despejar el centro de inmediato. Cuando todos los autos quedaron contra las paredes se entendió la razón: la pista se convirtió en una gran superficie vacía, regresaron la música, las luces y el humo, y el pabellón se transformó en una pista de baile. Allan podía terminar una jornada observando a uno de los bailarines más famosos del mundo improvisar sobre un piso que unos minutos antes estaba lleno de vehículos.
La misma lógica de juego llevado al extremo aparecía en el Water Fort. La estructura estaba dividida en dos sectores enfrentados, uno identificado con rojo y otro con azul, con rociadores, lanzadores de globos de agua, cañones y puentes suspendidos. Parte de la competencia consistía en alcanzar botones situados en territorio contrario para activar chorros de agua sobre el otro equipo. Los globos estaban preparados de antemano: el visitante sólo tenía que llegar y jugar, mientras alguien había pasado antes una cantidad considerable de tiempo llenándolos. Cerca había además un tanque de caída para el equipo perdedor. Durante una celebración relacionada con Ghosts, Allan vio a Stan Winston y miembros de la producción participar de aquella batalla con la misma falta de solemnidad que cualquier otro invitado. Para Scanlan, escenas así revelaban una cualidad persistente de Neverland: el prestigio externo de una persona podía desaparecer durante unas horas en cuanto comenzaba el juego.
Cuando llegaban los autobuses
Con el tiempo, Allan comprendió que las atracciones adquirían un sentido diferente en determinados días: aquellos en que por la mañana aparecían autobuses en la entrada. Las visitas de niños enfermos o procedentes de contextos desfavorecidos no eran, según su experiencia, hechos excepcionales.
La frecuencia variaba con la temporada y el clima, pero en períodos de buen tiempo podía haber una o dos jornadas por semana y, en veranos especialmente activos, incluso más. Los grupos solían reunir alrededor de un centenar de personas y en ocasiones acercarse a doscientas. Durante los meses lluviosos la programación disminuía, en parte porque Michael no quería que un niño que llevaba semanas esperando aquel día recibiera una cancelación de último momento.
El funcionamiento parecía espontáneo sólo para quien no veía la organización. Los visitantes llegaban por la mañana y permanecían hasta la tarde. Como no existía personal suficiente para abrir simultáneamente todas las áreas, se dividían en grupos: algunos podían comenzar en el pequeño tren y el zoológico, otros en el arcade, y después intercambiaban lugares. El almuerzo, el cine y el parque de atracciones completaban el recorrido. Cuando otros departamentos terminaban sus tareas podían desplazarse hacia el parque para ayudar a operar juegos. Al final del día, los visitantes recibían bolsas con recuerdos antes de subir otra vez al autobús. Allan decía que habían perfeccionado la operación hasta convertirla casi en una ciencia, precisamente para que los niños no tuvieran que percibirla como tal.
Después llegaban las cartas. Padres, hermanos, médicos y enfermeros escribían contando lo que aquella jornada había significado. El ranch manager compartía algunas con el personal y Scanlan empezó a conservar copias en un archivador de tres anillas. Esas páginas fueron uno de los pocos archivos personales que terminó asociando con su vida en Neverland. Algunas explicaban que el niño había fallecido tiempo después y que aquella visita había quedado entre los recuerdos más felices de la familia. Eso terminó modificando la forma en que Allan entendía su propio trabajo: preparar un tren o mantener una atracción ya no era sólo una tarea técnica, porque para alguien podía convertirse en una memoria que sobreviviera muchos años después de que el juego se hubiera detenido.
Uno de los jóvenes que permaneció especialmente en su recuerdo fue Jeff, un adolescente con fibrosis quística al que conoció durante una visita relacionada con el Children’s Hospital of Los Angeles y que regresó otras veces como invitado de Allan durante jornadas familiares de empleados. Jeff no era admirador de Michael; sus gustos estaban mucho más cerca de un rock más duro. Quizá por eso Scanlan sintió una afinidad especial con él. Allan conservó durante años el sentido de una reflexión del muchacho: podía no saber si le gustaba Michael Jackson como artista, pero estaba seguro de que le gustaba Michael Jackson como persona. Para Scanlan, la frase resumía la experiencia de alguien que había llegado sin admiración previa y había formado su impresión dentro del rancho.
Recibir a niños con enfermedades graves exigía además una infraestructura que las fotografías festivas no siempre muestran. Neverland había nacido como residencia privada y parte de sus construcciones era anterior a las normas modernas de accesibilidad, de manera que el personal utilizaba rampas portátiles cuando era necesario. El carrusel contaba con sectores que podían acomodar sillas de ruedas y los coches de Katherine tenían también espacios preparados para fijarlas.
El cine escondía quizá el ejemplo más revelador: a ambos lados de la sala de proyección había habitaciones equipadas con camas hospitalarias, cortinas y paneles de cristal móvil, concebidas para que un niño pudiera descansar o recibir atención sin quedar completamente separado de la película que los demás estaban viendo.

Allan recordaba especialmente una visita vinculada con la Alisa Ann Ruch Burn Foundation. En su memoria llegaron alrededor de treinta jóvenes acompañados por personal médico y adultos responsables. Una enfermera le hizo comprender algo que nunca había pensado: para algunos niños con quemaduras severas, un parque público podía convertirse en una experiencia incómoda por las miradas constantes de desconocidos. Neverland ofrecía una condición distinta. No había multitudes rodeándolos, el personal conocía el motivo de la visita y el itinerario podía adaptarse. Scanlan terminó entendiendo que la privacidad del rancho podía ser también una forma de hospitalidad.
Otra historia comenzó con un grupo procedente de Australia. Allan creía que eran niños con cáncer y recordaba especialmente a un muchacho de unos diez a doce años, con una pierna amputada, que mostró un entusiasmo inmediato por Katherine. Siempre que las condiciones lo permitían, Scanlan podía ofrecer a ciertos visitantes una experiencia más cercana al puesto del maquinista. Aquel joven tuvo la oportunidad de sentarse cerca de la cabina, accionar el silbato bajo supervisión y experimentar durante unos minutos una parte del tren que la mayoría de los pasajeros sólo observaba desde lejos. Después Allan preparó un certificado numerado del Neverland Railroad que lo reconocía como Honorary Engineer. La familia continuó en contacto con Scanlan y, cuando el niño murió años después, le hizo saber cuánto había significado aquel día. Para Allan, la lección era difícil de olvidar: algo que para él formaba parte de una jornada de trabajo podía quedar unido para siempre a la memoria de otra familia.
Para sostener esos días, el pequeño equipo del parque necesitaba ayuda. Scanlan recurría a personas de confianza, entre ellas integrantes del cuerpo de bomberos de Santa Maria y otros voluntarios. Quienes operaban atracciones podían presentarse con camisa blanca y corbata negra, siguiendo la imagen de atención que Neverland quería ofrecer. Allan recordaba incluso a un paramédico de Los Ángeles que viajaba varias veces al año por su cuenta para colaborar. Cuando los autobuses se marchaban, quienes habían trabajado durante la jornada podían aprovechar alguna atracción, una película, el arcade o una pizza. Existían también jornadas para las familias de los empleados, ocasiones en que quienes pasaban años contando en casa que trabajaban en Neverland podían finalmente compartir el lugar con sus propios hijos.
La relación con la comunidad cercana aparecía también en Midland School, el pequeño internado vecino al rancho. Los estudiantes podían ser invitados a cruzar y pasar un tiempo en el arcade, las atracciones, el tren o el cine.
Allan recordaba una visita en la que una alumna cumplía dieciséis años y Michael, al enterarse, se apartó un momento del grupo para preparar algo especial. Son escenas menores dentro de quince años de trabajo, pero precisamente por eso tienen valor: muestran una forma de Neverland que no dependía siempre de grandes acontecimientos, sino de la capacidad de convertir una jornada ordinaria en una historia que alguien conservaría mucho tiempo.
La atención a los invitados privados funcionaba con una escala diferente. Podían ser una o dos familias, pequeños grupos, amigos de Michael, figuras del espectáculo o personas que habían obtenido una visita mediante una subasta benéfica. La casa principal no formaba parte automática de todos los recorridos; si Michael no estaba y no existía autorización, podía quedar fuera del itinerario. En ciertos casos excepcionales, como algunos ganadores de subastas, Allan, Gail u otro integrante del personal podía acompañarlos. Para Scanlan, ese tipo de visitas reforzaba la idea de que Neverland debía adaptarse a quien llegaba, no obligar a todos a vivir exactamente el mismo recorrido.
Los invitados al rancho
Michael podía moverse entre extremos que a Allan siempre le resultaron llamativos. Por un lado recibía a algunas de las personas más famosas del mundo. Por otro, parecía disfrutar especialmente de encuentros con gente completamente ajena a ese universo. Scanlan recordaba una salida a Solvang en la que Michael conoció casualmente a una familia asiática, posiblemente turistas extranjeros, y terminó invitándola espontáneamente al rancho. No había operadores esperando ni una agenda preparada. La familia siguió el vehículo de Michael hasta Neverland, dejó las cámaras en seguridad y Allan recibió la indicación de poner en marcha el tren. Lo que para el personal era una improvisación operativa debía de parecer, para aquellos visitantes, una experiencia casi imposible de creer.
Entre las celebridades que Allan conoció, una de sus favoritas fue Gregory Peck. El actor visitó Neverland con familiares y nietos y Scanlan recordaba incluso una escena en la que Michael consiguió que se subiera al Zipper. En otro momento, mientras los más jóvenes recorrían las atracciones infantiles, Allan y Peck se sentaron bajo un árbol. El actor comenzó preguntando por Neverland y terminó interesándose por la vida de Scanlan: Montana, Arizona, las ferias, la carretera, los años desmontando juegos. Conversaron cerca de una hora. Al despedirse, Peck le estrechó la mano con ambas manos y le dijo que le parecía una persona fascinante. Allan nunca dejó de encontrar irónica la escena: él estaba frente a una leyenda de Hollywood y era Gregory Peck quien parecía interesado en Big Al.
Aquello resumía algo que Scanlan veía repetidamente: dentro del rancho los títulos podían perder parte de su peso. Un actor legendario podía terminar riéndose en una atracción; una familia desconocida podía ser invitada desde una tienda de antigüedades; un niño enfermo podía sentarse junto al maquinista. Pero para que esa normalidad existiera se necesitaba una seguridad extraordinariamente cuidadosa. Los nombres de ciertos visitantes podían reducirse internamente a simples indicaciones de VIP guests; las cámaras podían quedar en la entrada y algunas áreas mantenerse cerradas. Cuando la privacidad se rompía, como ocurrió alrededor de la boda de Elizabeth Taylor, el escenario cambiaba por completo.
La seguridad podía empezar incluso antes de la llegada. Allan recordaba la visita de antiguos presidentes y una ocasión en que un hombre vestido de traje entró en su oficina. Scanlan advirtió la silueta de un arma bajo la ropa y durante unos segundos no supo qué estaba ocurriendo. El desconocido se identificó como miembro del Secret Service y explicó que necesitaba las frecuencias de radio utilizadas dentro de Neverland. Allan se ocupaba también de parte de las comunicaciones y pudo facilitarlas. Años después relataba la escena con humor: había llegado para mantener atracciones y, de pronto, un agente federal armado aparecía en su oficina preguntando por él.
Ese ensanchamiento constante de funciones explica por qué Michael terminó utilizándolo también como interlocutor para ideas que no siempre pertenecían estrictamente al parque. Sin embargo, una de las conversaciones más importantes de Allan con él comenzó cuando no había nada que construir. Michael entró en el pequeño edificio situado detrás de Sea Dragon, donde coexistían la oficina de Scanlan, componentes hidráulicos de la atracción y buena parte de la electrónica del Jumbotron. El sistema procedía de equipamiento utilizado en giras y podía transformar dos enormes pantallas en una sola imagen. Allí se almacenaban LaserDisc, VHS, cintas profesionales, receptores y una gran cantidad de películas. Pese a semejante biblioteca, Allan había recibido durante mucho tiempo una instrucción sencilla: proyectar la versión animada de Peter Pan.
Cuando Michael apareció preguntando si tenían otra cosa para ver, revisó los LaserDisc y eligió Hook. Allan la puso en marcha suponiendo que Michael miraría unos minutos y se marcharía, pero recibió una invitación inesperada: quería que se sentara con él. Frente al Jumbotron había una mesa de picnic bajo un gran árbol. No era el Giving Tree junto a la casa. Allí ambos terminaron viendo prácticamente toda la película y hablando durante cerca de dos horas. Michael comentaba escenas, recordaba aspectos relacionados con la producción y, sobre todo, empezó a hablar de Neverland.
Para Allan, aquella conversación cambió algo. Ya conocía las visitas hospitalarias, las atracciones y la operación cotidiana, pero sentado bajo el árbol pudo percibir la intensidad con que Michael hablaba del propósito del rancho y de los niños que llegaban desde hospitales o contextos difíciles. Scanlan nunca pretendió reconstruir palabra por palabra aquellas conversaciones; lo que conservó fue la impresión de que Neverland tenía para Michael una dimensión que excedía ampliamente su propio entretenimiento. Con los años, Hook se convirtió en la escena que mejor condensaba aquellas charlas: dos hombres sentados bajo un árbol, una pantalla gigantesca frente a ellos y un lugar entero convertido en tema de conversación.
Otra escena ocurrió después de una larga ausencia de Michael, cuando trabajaba en Nueva York durante el período de HIStory. Allan lo vio frente al cine y se acercó a saludarlo. Michael lo recibió con un abrazo y comenzó a hablar con enorme entusiasmo de una canción que Scanlan todavía no había escuchado: “Earth Song”. Allan no retuvo detalles técnicos de la grabación, sino la insistencia de Michael en el mensaje y la intensidad con que trataba de explicarle una obra que para él ya era familiar, pero para Scanlan todavía no existía sonoramente. Desde entonces, cuando escuchaba la canción, recordaba aquella conversación.
La relación de Michael con la naturaleza aparecía también en el Giving Tree, situado cerca de la residencia. Allan nunca subió porque consideraba aquel lugar demasiado personal y prefería respetarlo. Sí vio a Michael allí en distintas ocasiones, leyendo o escribiendo, y recordaba que le había dicho haber compuesto varias canciones en el árbol. Scanlan pasaba cerca al desplazarse por el rancho y, con su sentido del humor habitual, admitía que a veces miraba hacia arriba también por una razón menos solemne: después del globo de agua de su primer encuentro, nunca estaba del todo seguro de que Michael no estuviera preparando otra broma desde una posición privilegiada.
Allan terminó teniendo también su propio lugar de silencio. En una elevación se encontraba el Sky Gazebo, una gran plataforma con mobiliario, mesa y telescopios desde la que podía contemplarse buena parte del valle. Como su departamento tenía alguna responsabilidad sobre el sistema de sonido, de vez en cuando debía subir para comprobarlo. Si podía elegir la hora, prefería el final de la tarde. Abajo estaban los trenes, el parque, las radios y los visitantes; arriba podía limitarse a mirar el paisaje. Cuando años después le preguntaron por sus momentos preferidos de Neverland, no eligió una atracción: habló de conducir Katherine por la noche y de sentarse en el Sky Gazebo mientras caía el sol.
Neverland no era solo un parque de diversiones, y parecía eterno…
Después de tantos años, Allan, no podía reducir Neverland a un parque de diversiones. Había un Neverland mecánico de motores y vías; uno operativo de horarios, seguridad y empleados; uno humanitario de autobuses y familias; uno privado de invitados y conversaciones; y otro silencioso, hecho de árboles y colinas. Michael podía pasar largas temporadas fuera, pero el rancho seguía funcionando. Más adelante, cuando formó su propia familia, Allan lo recuerda permaneciendo allí con mayor frecuencia.
Los hijos de Michael conocían a Scanlan simplemente como Big Al. Él recordaba que eran niños educados y que, pese a vivir a pocos minutos de un cine, un zoológico, trenes y decenas de juegos, el parque no era un territorio de acceso irrestricto a cualquier hora. Había tiempo familiar, estudios, almuerzo y otras obligaciones antes de utilizar las instalaciones recreativas. Allan había conocido a Michael antes de que fuera padre y lo vio después particularmente feliz alrededor de sus hijos. No hablaba desde la intimidad de la casa ni pretendía conocer toda la vida familiar; su perspectiva era la de un empleado que observó una transformación evidente en la cotidianeidad del rancho.
Durante mucho tiempo, Scanlan nunca pensó seriamente en un final. Había visto cambiar temporadas, visitantes, empleados y proyectos, pero Neverland permanecía. Incluso las ideas que nunca se materializaron contribuían a esa sensación de un lugar siempre incompleto, siempre susceptible de una nueva vía, una nueva atracción o una nueva obra. Por eso el cambio de clima de 2005 resultó tan profundo.
El proceso judicial alteró la vida cotidiana del rancho. Michael utilizaba el cine por las mañanas antes de partir hacia el tribunal y Allan se encontraba normalmente a cierta distancia, en la zona del parque. Procuraba estar visible cuando salía, saludarlo y establecer contacto visual. Las últimas veces casi no hubo palabras. Scanlan decía que intentaba transmitirle con la mirada algo sencillo: que seguía allí, que lo apoyaba y que lamentaba que tuviera que atravesar aquello. Años después le costaba hablar de esos momentos porque comprendió que habían sido las últimas veces que vio a Michael.
No hubo una despedida solemne. Ninguno sabía que no volverían a encontrarse. Cuando el caso quedó en manos del jurado, Allan se tomó un día libre porque creyó que la deliberación duraría más. Estaba en su casa cuando la televisión anunció que había veredicto. Subió inmediatamente al vehículo y regresó hacia Neverland. Siempre relató el trayecto subrayando la velocidad y la urgencia más que la distancia exacta: no iba a permitir que Michael regresara después de todo aquello sin estar allí para recibirlo.
No fue el único. Los empleados se reunieron a ambos lados del camino de acceso, muchos tomados de las manos. Eran trabajadores de distintos departamentos que durante años habían sostenido la propiedad. Cuando se conoció el resultado —Michael Jackson había sido absuelto de todos los cargos— y volvió al rancho, ellos estaban esperando. Para Allan, la escena invertía de manera poderosa una costumbre de quince años: Michael había pasado años preocupándose por que sus invitados fueran recibidos correctamente; aquella tarde fueron sus empleados quienes aguardaron para recibirlo a él.
El regreso, sin embargo, no devolvió a Neverland a su vida anterior. Para Scanlan, algo se había roto. Comprendía que Michael hubiera desarrollado rechazo hacia un lugar que había quedado inevitablemente unido al proceso, aunque personalmente nunca dejó de pensar que el propósito humanitario del rancho podía haber recuperado alguna forma con el tiempo.
Cuando años después imaginaba qué habría ocurrido si Michael hubiera vivido y completado This Is It, aclaraba que se trataba de una esperanza propia, no de un plan que Michael le hubiera comunicado. Lo pensaba porque no podía olvidar la intensidad con la que lo había oído hablar de Neverland bajo aquel árbol.
Cuando la propiedad comenzó a cerrar instalaciones y las atracciones fueron retiradas, Allan vio dispersarse una geografía que había sido cotidiana para él. Muchos juegos terminaron en otros parques o regresaron al circuito de ferias. Según su recuerdo, Michael quiso conservar los dos trenes y el carrusel, piezas demasiado ligadas a la identidad de Neverland para ser tratadas como simples equipos. La desaparición del parque debía resultar especialmente extraña para alguien que había empezado en ferias, donde una ciudad de luces podía levantarse durante una semana y desaparecer después por carretera. Neverland le había parecido distinto porque parecía permanente. Finalmente descubrió que tampoco lo era.

Había una frase en la salida que Allan recordaba desde sus primeros tiempos: “Goodbye for now” (Adiós por ahora). Nunca la interpretó como un adiós definitivo. Pensaba especialmente en los niños que habían pasado un día en el rancho: esas dos palabras adicionales dejaban abierta la posibilidad de volver, una pequeña forma de esperanza. Después de 2005, la frase adquirió inevitablemente otro sentido. Ya no eran sólo los visitantes quienes se despedían de Neverland; también comenzaban a hacerlo quienes lo habían construido, cuidado y hecho funcionar durante años.
La vida después de Neverland
Scanlan regresó a la industria de las atracciones y volvió a las inspecciones, a las ferias, a los parques y a los grandes eventos. Con los años continuó trabajando en seguridad, incluso en festivales de enorme escala como Electric Daisy Carnival. Profesionalmente el círculo parecía cerrarse: el hombre que había llegado a Neverland como inspector volvía a inspeccionar atracciones. Pero ya no era el mismo, porque durante quince años había visto cómo una máquina podía adquirir un significado que ningún manual técnico podía registrar.
Tal vez por eso comenzó también a seguir el rastro de algunas atracciones de Neverland. Localizó piezas en carnavales, parques y recintos públicos, reconoció equipos modificados y comprobó que algunos seguían funcionando. El Wave Swinger volvió al circuito itinerante; otras instalaciones terminaron en nuevos destinos. Cuando encontraba una de aquellas máquinas todavía en uso podía haber cambiado la iluminación, la decoración o el público, pero seguía haciendo aquello para lo que había sido creada: producir unos minutos de diversión. En esa continuidad había algo profundamente coherente con lo que Allan había aprendido en el rancho.
El vínculo más importante con Neverland, sin embargo, no terminó siendo una atracción. Fueron las historias. Durante años habló de la posibilidad de escribir un libro, aunque descubrió que su memoria funcionaba mejor conversando que frente a una página en blanco. Amigos llegaron a regalarle un grabador digital para que registrara recuerdos durante sus largas horas de carretera. Más tarde comenzó a revisar entrevistas, anotar episodios y organizar temas. Sin proponérselo, estaba convirtiendo una memoria oral en archivo.
Mientras trabajaba en Neverland nunca había pensado que sería necesario hacerlo. Respetaba las reglas de confidencialidad, no recorría el rancho fotografiando todo lo que veía y no coleccionaba recuerdos porque suponía que al día siguiente volvería a entrar por la misma puerta. Sólo cuando el lugar dejó de funcionar comprendió que muchos detalles que para él habían sido rutina —el recorrido de una vía, el funcionamiento de una atracción, la organización de un grupo, la finalidad de una habitación junto al cine— podían convertirse décadas después en preguntas históricas.
En 2011 volvió simbólicamente a una función que conocía bien durante una jornada en Disneyland para niños y familias del Boys & Girls Club of East Los Angeles. Esta vez no había Katherine ni portones de Neverland, pero Big Al volvió a encontrarse recibiendo jóvenes en un parque para ofrecerles un día especial. Años después participó también en encuentros junto a antiguos colaboradores de Michael, entre ellos Brad Sundberg, reconstruyendo públicamente rincones, recorridos y recuerdos de un lugar que ya no podía visitarse como antes. Era otra forma de regresar: no atravesando Figueroa Mountain Road, sino describiéndola.
Sus entrevistas posteriores fueron ampliando la imagen. Algunas historias reaparecieron una y otra vez porque eran las que más lo habían marcado; otras surgieron cuando una fotografía o una pregunta activaba un detalle olvidado. Las cantidades podían variar y ciertos recuerdos permanecer aproximados, como ocurre naturalmente en una memoria extendida durante décadas. Lo notable no es que Allan recordara cada cifra como un inventario, sino la consistencia del mundo que describía: los procedimientos, las personas, la geografía y, sobre todo, el sentido que terminó atribuyendo a lo vivido.
Ahí se encuentra la singularidad de su testimonio. Allan Scanlan no llegó a Neverland buscando a Michael Jackson. Llegó buscando fallas en atracciones. Su tarea inicial consistía en mirar aquello que los demás no debían ver: cables, pernos, señales, manuales, desgaste, mantenimiento. Su oficio era desconfiar de las apariencias y comprobar que detrás de ellas existiera una estructura segura. Quizá por eso terminó siendo uno de los testigos más adecuados para explicar el rancho. Su mirada llega desde el reverso de la fantasía.
Las fotografías muestran trenes, flores, luces y juegos. Allan explica quién levantaba presión en la caldera antes de que llegaran los pasajeros. Las imágenes muestran niños subiendo a las atracciones; él recuerda cómo se dividían los grupos porque sólo había unos pocos operadores disponibles. Una película puede mostrar el cine; Scanlan recuerda las habitaciones hospitalarias. Una vista aérea permite contar vías; él puede explicar cómo se recorrían de noche y qué se sentía cuando el faro de Katherine era la única luz entre los árboles. Su testimonio no destruye la fantasía de Neverland: explica cómo se hacía posible.
Allan no fue el único responsable de ese mundo. Neverland existió gracias a jardineros, constructores, cocineros, cuidadores, técnicos, personal de seguridad, bomberos, empleados de la casa y especialistas de muchas disciplinas. Pero su puesto lo colocó en una posición extraordinariamente transversal: las atracciones lo conectaban con los niños; los trenes con la geografía del valle; la seguridad con distintos departamentos; los eventos con la cocina, el zoológico, el cine y los voluntarios; los invitados privados con Michael. Desde allí pudo observar cómo todas aquellas piezas se unían para producir una experiencia que el visitante percibía como natural.
Por eso la historia de Big Al tiene una forma casi perfecta. Comienza con un inspector que llega a una propiedad para buscar problemas y termina con un hombre que, décadas después, intenta explicar por qué aquel lugar importaba. Entre ambos extremos quedan Katherine avanzando en la oscuridad, Jeff separando al artista de la persona, un muchacho australiano convertido durante unos minutos en maquinista, Gregory Peck preguntándole a Allan por su vida, Earth Song explicada antes de que pudiera escucharla, Hook proyectándose bajo un árbol y una fila de empleados esperando el regreso de Michael en 2005.
Ninguna de esas escenas, por sí sola, explica Neverland. Juntas empiezan a hacerlo. El rancho fue una residencia privada, un parque, un ferrocarril, una operación diaria y un lugar preparado para recibir a personas que en muchos casos no habrían podido vivir una experiencia semejante en otro sitio. Fue fantasía, pero una fantasía construida mediante una enorme cantidad de trabajo concreto. Allan estuvo precisamente en la frontera entre esos dos mundos.
Conocía los motores, pero terminó recordando a los pasajeros. Sabía cuánto trabajo exigía Katherine, pero lo que permaneció fue el niño que pudo sentirse maquinista. Sabía que una atracción necesitaba inspecciones, piezas y operadores, pero terminó entendiendo que para otra persona podía convertirse en el recuerdo de toda una vida. Neverland enseñó a un hombre de máquinas a medir su trabajo en recuerdos humanos.
Ahora su función es diferente. Ya no tiene que comprobar un cable, levantar presión en una caldera ni organizar operadores antes de que llegue un autobús.
Allan, ahora recuerda. Y cada vez que lo hace, Neverland vuelve a brillar por unos minutos, no como una leyenda ni como una fotografía congelada, sino como un lugar que realmente funcionó, lleno de personas reales que hicieron posible que otros, durante unas horas, pudieran creer que la fantasía era sencilla.
Por todo, gracias «Big Al».
